martes, 10 de febrero de 2009

Esos tontos años...

Parte 10


Bueno, había dicho que lo bueno dura poco, seguro más de uno estará de acuerdo conmigo…
Mi personalidad es cambiante: un día estoy dispuesta a que me arrolle un camión y no llega el día siguiente que ya estoy pensando en un plan para reformar mi humor. Es un auténtico calidoscopio mental.
Pero agréguenle a ese calidoscopio una tonelada de emociones nuevas y promesas de experiencias maravillosas en el futuro y ¡voilà!: demencia, euforia, miedo, felicidad y una gran incertidumbre por no saber qué hacer a continuación.
Se licuan todos esos ingredientes y el resultado –por haber ganado el miedo- fue: tristeza total. Desesperación. Dolor. Malestar. Padecimiento.
Eso me pasó a mí. No supe como reaccionar ante una persona que dijo quererme, tenía terror de fallar en algo por querer que sea perfecto. La timidez superó mi valor y dejé que ese afecto se enfriara hasta no existir.
Un día escolar, común y sin nada especial más que la rutina constante, decidí que haría las cosas bien. Que no vacilaría más y que le entregaría mi corazón por completo a esa persona, abandonando de a poco mis miedos. Me acerqué a él en el primer recreo y lo abracé con el calor renovado. Era la forma en la que nos tratábamos mutuamente: abrazos, chistes… Pero algo andaba mal. Terriblemente mal. Se congeló, sentía como si abrazara a una piedra. El no era así, solía abrazarme, apretarme muy fuerte y por mucho tiempo. Ninguno de los dos quería desprenderse del otro, era como si quisiéramos fusionarnos pero esa vez no fue así. Lo saludé pero el se mostró huraño y frío. Yo también me congelé. Me invadió la vergüenza y supongo que estaba tan roja como un Ferrari, pero no era eso lo que me había llamado la atención. Teníamos compañía… Vi a una chica que no había visto antes, sujetando su brazo, muy, muy pegada a él. Y ahí comprendí todo… Todo. Se me desprendió el alma del cuerpo, porque ésta podía huir. Mi garganta se secó y unas malditas lágrimas amenazaban con salir. Pero no podía permitirme hacer una escena en medio del patio del colegio y menos frente a él… y a ella así que me despedí rápido y me fui al baño. Estaría de más decir lo que hice en el baño pero lo voy a decir igualmente, estoy haciendo catarsis. Me senté en el piso y comencé a llorar. Todavía me duele recordarlo… Había predicho que eso sucedería pero de todas maneras lo hice, nunca me importó el dolor pero lo padecí, después de todo. Me dije que esa vez sería diferente pero no fue así, es más: era mucho peor que la vez anterior, terriblemente peor porque en esta ocasión mi cariño era correspondido –por poco que hubiera durado ese afecto-. Sentía como si se me desgarrara el pecho, sentía las lágrimas calientes resbalar por mis mejillas y luego por la mandíbula y cuello. Mi boca amenazaba con gritar pero me contuve, la respiración comenzó a ser dificultosa y la clásica sangre por la nariz salía sin parar por el esfuerzo, un rasgo muy morboso… Dolor, estaba tan familiarizada con esa palabra. No podía creer que me volviera a pasar, no podía comprender como había dejado que eso pasara nuevamente, cuando creía que no iba a ser así. Parecía como si el dolor hubiera elegido casas en los cuerpos y que el mío estaba en su lista. Era su amiga y comprendí que conviviría con él por un largo tiempo. No paraba de preguntarme en silencio “¿qué hice mal?” “¿qué le molestó de mi?” “¿Qué tengo que cambiar?” “¡¿Qué hice?!”. Después, como si fuera una película, mi mente evocó todos los momentos maravillosos que viví con él, esos que guardaría en mi corazón para siempre: cada abrazo, cada palabra, cada atisbo, todo. Lo cual no ayudó mucho. Lloré el doble… EN el reflejo del espejo me vi con los ojos hinchados y rojos y con una lindísima mancha roja en mi uniforme. No quería que nadie me viera así, se me lanzarían como animales para preguntarme que me pasaba. Curiosidad o preocupación, no me verían así. Por suerte, me pude escabullir por el patio hasta llegar a las escaleras e ir a mi aula. Gracias a Dios que pude tapar la sangre, pero no podía tapar la pesadilla en la que se había convertido ese día. Cuando llegué a mi casa, lloré un poco, para variar… Y me refugié en mi cuarto y en la almohada. Dormí todo el día y me saltee la cena, tenía tanto apetito como ganas de reír.
El mal de amores estaba a la orden del día…