jueves, 21 de enero de 2010

Soy Movimiento 2010. Semana 4: Contra la Violencia a los Animales

Era una mañana perfecta en mi preciosa pradera, porque la sentía como propia. Me sentía tan feliz en ella… Mi pradera era enorme, gigante, hermosa: las mariposas volaban y se posaban en mi nariz rosada y en mis orejas peludas, haciéndome cosquillas, los ciervos saltaban por todas partes con sus cervatillos y mordisqueaban las flores, las aves cantaban anunciando que era la mañana. Todo era perfecto.

En la tranquilidad de la mañana veía a mis hermanos y hermanas entrando y saliendo de las madrigueras, olisqueándose entre sí y saltando por las colinas. Pero algo no estaba bien… Observando los arbustos y los árboles en la periferia de la pradera y en el bosque circundante observé unas creaturas extrañas. Bípedas, peladas con trajes extraños similares al follaje del bosque. Al salir de sus escondites vi que eran altos y traían algo con barras plateadas en sus manos.

Jamás había visto unas criaturas tan extrañas, y me acerqué a ellas. Cuando me acerqué a uno de ellos, este se agachó y me acaricio el cuello peludo. Me gustaba pero luego me agarró por el pellejo y me metió en esa cosa con barras, encerrándome.

Me desesperé, no podía salir, sentía mi corazoncito latiendo fuerte en mi pecho y observé como las otras creaturas encerraban a mis hermanos y hermanas en esas cosas duras y frías. No sabía a dónde nos llevaban pero luego de atravesar el bosque nos encerraron en un monstruo similar a la cosa de las barras en la que cada uno de nosotros estábamos encerrados pero blanco y con cuatro círculos en cada punta. La oscuridad nos invadió. Sentía que nos movíamos pero no sabía a dónde nos llevaban. No sabía cómo volveríamos a casa. Pero sabía que teníamos que salir, urgentemente. Teníamos que escapar.

Luego de unas horas, la luz cegó nuestros ojos. Y esas creaturas se distribuyeron nuestras pequeñas prisiones para luego encerrarnos en una más grande a cada uno. Ahora teníamos algo que se suponía era comestible y agua pero aún así sentía que algo malo iba a pasar. Frente a nosotros había barras plateadas llenas de otros animales: perros, gatos, aves…

Pasó un día y al siguiente un bípedo entró a dónde estábamos todos nosotros. Automáticamente todos los animales temblaron, salvo nosotros, que no terminábamos de entender qué era lo que sucedía. El bípedo se acercó a mi prisión, abrió la jaula y me tomó del pellejo. Ahora era yo el que temblaba…

Me llevaron a un lugar blanco, con extraños objetos, y lleno de bípedos pero con trajes blancos. Hasta sus manos eran blancas. Me depositaron en una superficie blanca y desde allí pude observar que más bípedos llegaban con algunos de mis hermanos y hermanas; hasta que uno de ellos impidió mi visión. Sostenía algo, que al apretarlo lanzó un líquido; lo golpeó y me lo clavó. Sentí la puntada y dolió un poco, pero luego lo único que sentía era sueño, mucho sueño. Adormecido vi frente a mí a uno de mis hermanos, pero algo no andaba bien con él: tenía los ojos cerrados y luego, al abrirlos, estaban ensangrentados. Tenía mucho sueño para alarmarme y lo último que pude ver fue a un bípedo que se acercaba a mí con una especie de palito con la punta rosada. Lo siguiente que sentí, aparte de cansancio, fue dolor, un dolor que sentía en los ojos; me ardían mucho, me quemaban. Sentía como si tuviera fuego en ellos y creo que me escuché gemir. Después de eso, perdí el conocimiento.

Al despertarme, todo estaba oscuro, pensaba que seguía siendo de noche, ahí en mi prisión. Olfatee el ambiente pero sólo podía oler un olor desagradable, empalagoso, fuerte y lo que me resultó más curioso aún fue que parecía proceder de mí, de mi cabeza… Recordé el dolor de mis ojos y comprendí que esos bípedos le habían hecho algo a mis ojos, algo malo. Y que no era realmente de noche, pues escuché a los pájaros que sólo cantaban en la mañana. Estaba ciego.

Pasó otro día y aquí estoy, en mi prisión, incapaz de ver nada. Jamás podre volver a contemplar la belleza de mi pradera, los colores brillantes de las mariposas, los ciervos, nada.

Luego me alerta un chillido. Y se eriza mi piel al reconocerlo: es uno de mis hermanos chillando. Ese chillido sonaba a desesperación, a dolor, a muerte…

Tiemblo en mi oscuridad. No puedo escapar. Y sigo escuchando chillidos de otros hermanos míos. Están muriendo, los están matando. Por cada grito se escucha un sonido metálico, algo que los golpea y que los hace llorar, y desaparecer. Luego escucho que la entrada de mi prisión se abre.

Me depositan en una superficie mojada y escucho el ruido metálico.



Ciertas empresas de productos dermatológicos prueban sus productos en animales. ESTO pasa de verdad. Por eso, cuando hay un desodorante que dice “dermatológicamente testeado” hay un conejo, perro o gato que se “ofrece” a probarlos en su piel y ojos, sensibles a estos productos.

No estoy estoy diciendo que no usen cualquier desodorante o perfume. Solamente manifiesto mi desaprobación hacia esta espantosa bestialidad.

3 comentarios:

Iris dijo...

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Iria dijo...

Me gustó mucho tu entrada, expresas muy bien lo horrible que es ésta violencia (y lo absurda).
Besos! ;)

Malena dijo...

te expresas de una manera directa,real y clara.tambien estoy en contra de la violencia a los animales.gracias por pensar en ellos.